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Historias

Historia de los alimentos afrodisiacos (primera parte)

El nombre de afrodisiacos nos encamina mentalmente hacia pociones, filtros de amor, recetas, elíxires, tentempiés, consuelos, fármacos, fumatas, drogas con qué reavivar, alentar, confortar decaimientos, impotencias, depresiones. Nos hace deambular sigilosamente hacia ese trastero donde amontonamos este concepto mal definido de los afrodisiacos de los que ahora se habla poco, pero que siguen oliendo, quiérase o no, al diablo azufroso de otros tiempos.

Puede que sea porque la inmensa literatura publicada sobre los afrodisiacos, las innumerables creencias, la multitud de recetas que el hombre ha dejado generación tras generación, trasluzcan un callado desencanto y decepción, aunque igualmente un confuso atractivo. El agua de la vida, es verdad, con frecuencia se vuelve insípida y los manjares no molan. La rutina y la reiteración de siempre lo mismo acarrean el aburrimiento, la desgana, el hastío, el tedio. Bajo el peso del cansancio o de la costumbre, los deseos que invaden el cuerpo en las horas de los sueños quedan sin satisfacer o provocan una sed que se sacia difícilmente.

Entonces, ¡qué bien nos vendría una pizquita picante de magia, unos oscuros polvos embrujadores, unas fantasmagorías elucubradoras! Algo para hacer entrar por las venas una nueva fuerza que rompa las barreras de la timidez y desbarate el peso de los tabúes. Algo que proporcione osadía, arrojo, intrepidez. Alguna sustancia llegada del paraíso perdido, de las fuentes de la eterna juventud, de los árboles con frutos prohibidos, de las piedras filosofales, de las plantas evocadoras de falos y vaginas, de los peces que se impregnan de salinidades oceánicas, de los manantiales subterráneos. Un deseo de siempre, desde que el hombre era hombre.

En el principio…

La historia de los afrodisiacos se pierde por consiguiente en el tiempo. Puede que cuando aún se era primate se fueran descubriendo en el transcurso de los siglos ciertas sustancias euforizantes y alucinógenas entre las plantas de un mundo donde aún no existía la agricultura.

Los alcaloides contenidos en hongos como la Strofaria cubensis estimulan el sistema nervioso central, tienen tendencia a incitar o activar la excitación sexual, proporcionan una mayor acuidad visual y llevan a preocupaciones de tipo religioso. Estos hongos, antes de la agricultura, abundaban sobre todo en las regiones tropicales. Así que el hombre, antes de llegar a serlo de todo, tal y como lo entendemos hoy, comía naturalmente plantas que le ponían muy bien, muy a tono para copular y reproducirse hasta tal punto que pronto ya no sabremos dónde meternos. Pero acaso lo que menos le importaba era reproducirse. Lo que apreciaba era vivir intensamente, locamente. Más tarde, con los cambios de clima, parece ser que estos famosos champiñones alucinógenos empezaron a escasear y puede que el hombre asimismo enseguida se percatara que el tiempo que le era dado vivir era muy corto […].

Entonces puede que adquiriera conciencia de que eran esas plantas que iban desapareciendo las que le daban vigor, las que le creaban alucinaciones, espejismos, delirios, artificios para atizar el deseo y hacer que algunos momentos de la existencia, por breves que fueran, se pudiesen al menos vivir con intensidad. ¿Por qué no buscarlas donde fuera? La imaginación se le disparó, los charlatanes proliferaron y empezaron a aparecer plantas afrodisiacas a diestra y siniestra.

Lo cierto es que la vida hasta no hace mucho era realmente breve. En la Edad Media, pocas veces llegaba la gente trabajadora a los 30 años, y a esta edad se era ya en la mayoría de los casos un viejo desdentado, tosicón, más cerca de la tumba que de las festividades comensales y amorosas. La vida se esfumaba prontamente y el deseo se marchitaba y desfallecía con rapidez. Hacerse prematuramente viejo, y sobre todo perder el deseo carnal, era una realidad espantosa que iba en contra de la imagen que deseaba darse el hombre […]. La sociedad cristiana invitaba a optar por una de estas dos soluciones: bien sea retirarse del mundo a un convento buscando la castidad o bien darse prisa haciendo uso de productos vigorizantes que pudieran servir para estar en forma y sentir el deseo de vivir intensamente durante el corto tiempo que duraba la vida.

Con este fondo de realidad se creó, pues, toda una tradición de creencias y leyendas sobre el poder excitante de algunas sustancias, mantenida por sabios versados y sesudos. Es la historia legendaria de los afrodisiacos que se pierde en la noche de los tiempos.

Los frutos prohibidos

En nuestro mundo monoteísta [la historia de los afrodisiacos] se inició con la leyenda del Paraíso terrenal y la expulsión de Eva y Adán. Si se mira bien, se ve que aquellos míticos primeros hombres fueron expulsados del Edén por haber osado catar un fruto prohibido que producía efectos indeseables. Dios, después de que lo hubieran comido, al mirarlos se quedó espantado contemplando los efectos que había producido su ingestión en ciertos órganos de sus criaturas, algo que, aunque no esté consignado en el Gran Libro, se puede deducir de buena fe.

El hecho es que tanto Eva como Adán, ante la mirada escandalizada del Eterno, se sintieron por primera vez desnudos, intentando precipitadamente ocultarse el sexo excitado con las hojas del árbol cuyo fruto habían comido, hojas de higuera según se especifica claramente en el libro.

Fue el higo, pues, y no una imaginaria manzana, el símbolo sexual de la mujer en el Medioevo por la abundancia de sus simientes, el que les había jugado una mala partida. La creencia en frutos que excitaban y que hicieron perder la inocencia paradisiaca era sólida. Esta leyenda es una más de las que iban a invadir nuestro mundo cristiano.

La gente culta medieval leía con avidez el Ars Amatoria de Ovidio y otros libros de autores latinos o árabes traducidos al latín en los que se cuentan historias inverosímiles sobre las virtudes de métodos o sustancias afrodisiacos. Consultaba también farmacopeas especializadas para dar con métodos y alimentos que realzasen la atonía de los órganos adormilados: vegetales con sus bulbos y hojas sugestivas, carnes, pescados […]. En Cataluña se publicó en el siglo XIV el Manual del fotre con la clásica «medicina per endreçar la verga», aromatizada con canela y limón. Una parte sustancial de la literatura medieval es una historia de afrodisiacos sin la cual no hubiera tenido lugar la creación de personajes clave […].

¿De qué le veo forma?

Las plantas eran sobre todo las que producían excitación por su forma o modo de producción o reproducción. De las orquídeas, plantas extendidas por todo el orbe, lo que interesaba no eran sus hermosas flores, sino sus tubérculos con su aire testicular que dieron el nombre griego a la planta: orcos, significa en este idioma efectivamente «testículo». Lo mismo ocurría con las habas: la imaginación hacía ver en ellas unas bayas también testiculares que había que aprovechar. El tenebroso San Jerónimo se las prohibía a las monjitas por no sé qué titileos que producían en las partes genitales —quia in partibus genitalibus titilaciones producent— […]. Las aceitunas, puerros, zanahorias, trufas, eneldo, jaramago, alcachofas, berenjenas, espárragos, han sido calificados de plantas impúdicas, seguramente por su forma.

Casi todas estas plantas se refieren al aparato genital masculino por evocar de algún modo su forma. Hay otras plantas, en cambio, que son representativas del sexo femenino, como la castaña o el higo, como ya se ha dicho. Cada cual se puede figurar por qué. Por su parte, algunos mariscos y pescados también arrastran calificaciones venéricas, acaso igualmente por su forma de sexo femenino: muergos, almejas, ostras, arenques, besugos.

En definitiva, toda sustancia alimenticia ha sido calificada en determinados momentos de afrodisiaca. Hasta la sal. Si las mujeres frotaban con sal el culo de los maridos poco aguerridos para los debates amorosos, como se ve en un grabado del siglo XVII, era por su creencia en las propiedades excitatorias de este condimento […].

Para clasificar los afrodisiacos se utilizaba una lógica visual: aquellos vegetales que tienen parecido con el sexo forzosamente gozaban de virtudes sexuales que incitaban o inhibían el deseo de «copulación carnal». El comercio de las especias que se consideraban sobre todo como afrodisiacas se sitúa dentro de este ambiente. Los europeos redescubren con las cruzadas la pimienta, la canela, la nuez moscada, el cardamomo, el clavo, el jengibre, el azafrán y los vegetales aromáticos que traen los mercaderes árabes de países lejanos del Oriente, con los que se condimentan las preparaciones culinarias, pero que conllevan asimismo las ideas vigentes del Paraíso terrenal con sus árboles y fuentes de eterna juventud […]. Su búsqueda llevó hasta el descubrimiento del Nuevo Mundo.

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