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La tradicional rosca de Reyes: ¿de dónde viene? (y una receta casera)

¿Cuántas veces le ha salido el «muñequito»? Y, de esas tantas, ¿cuántas ha pagado los tamales del Día de la Candelaria? ¡Ah, verdad! Estoy segura que lo agarré en curva, querido lector, pero no se preocupe, pues le puedo decir que usted forma parte de una gran mayoría de mexicanos que, habiendo adquirido el compromiso del compadrazgo con el anfitrión de la merienda de Reyes, se hizo rosca y no cumplió.

Y, a todo esto, ¿sabe usted de dónde nos viene la costumbre de partir, cada 6 de enero, la popular rosca de reyes? Porque puede parecer una tradición judeocristiana y muy mexicana —por aquello de acompañar esa buena rebanada de pan con un jarro de chocolate—, cuando en realidad no lo es.

De pan ha de ser la rosca

Se trata de un rito pagano que fue cristianizado posteriormente pues, desde épocas inmemoriales, la humanidad celebraba el solsticio de invierno como el nacimiento de la luz: «Los persas y los egipcios, los fenicios y los sirios, los griegos y los romanos, los mexicanos y los peruanos, los hindúes [sic] y otros pueblos»[1] celebraban el nacimiento de un dios solar —Ra, Mitra, Horus, Baco, Dionisos, Apolo o Zoroastro— nacido de una virgen en la semana del 20 al 25 de diciembre, es decir, la fecha del solsticio de invierno.[2] Con este motivo, en el Imperio Romano se elaboraban unos panes redondos hechos con miel, nueces, dátiles e higos, en cuyo interior se escondía un haba que daba la fortuna de ser nombrado rey por un día a quien la encontrara en su trozo de pan.

Años más tarde, la Iglesia católica cristianizó esas fiestas paganas superponiendo la celebración de la Epifanía y, mucho tiempo después, la tradición de la merienda de Reyes fue llevada a España por Felipe V, quien la importó de Francia, pues desde la baja Edad Media se conmemoraba la culminación de las fiestas de Navidad con este rito. Fue ahí donde, por primera vez, se cubrió el pan con frutas escarchadas y se escondió un pequeño muñeco de porcelana en su interior como representación lúdica del episodio de la huida y el necesario encubrimiento de Jesús para evitar que cayera en manos de Herodes.

De igual forma, se cuenta que cada 6 de enero los judíos comían pan ácimo,[3] en el que escondían un muñeco de barro, y los primeros cristianos cambiaron ese pan por una rosca hecha a base de harina blanca y levadura, endulzada con miel y adornada con frutos del desierto.

De roscas y reyes

Así pues, alrededor del siglo XVII llegó a nuestras tierras la famosa rosca de reyes, que en términos estrictos debería llamarse «rosca de magos», «rosca de sabios» o, en su defecto, «rosca de Oriente», puesto que resulta que los célebres Reyes Magos no eran reyes; magos sí, pero de realeza, nada.

Mateo es el único que se refiere a ellos en el Nuevo Testamento, describiéndolos como unos magos del Oriente, quienes posiblemente hayan sido sacerdotes medos o persas, estudiosos de la astronomía, la astrología y el significado de los sueños y que curaban y predecían el futuro, aunque Ezequiel los alude como «sabios» en sus profecías del Antiguo Testamento.

De cualquier modo, el estatus real se les dio en la Edad Media, cuando la Iglesia católica estaba en su apogeo, porque en las Escrituras se dice que incluso «algunos reyes» se postraron ante la presencia del Niño Salvador y, por ello, a partir del siglo XII se les otorgó ese título.

Pero, volviendo a la tradición de la rosca en tierras «mexicas», ésta nos viene de la costumbre española que aún sigue vigente y que es el día más importante de las fiestas para los españoles, en la que la familia en pleno se sienta en torno a un generoso «roscón de reyes» e intercambia regalos, como en nuestra práctica navideña. Anteriormente en nuestra tradición, como en la de ellos hasta la fecha, si un niño encontraba el muñequito, se le llenaba de golosinas, y si lo hacía un adulto, se le coronaba rey, se le hacía compadre del dueño de la casa y se le daba el nombramiento de «padrino del Niño Jesús». Sin embargo, actualmente, como todos sabemos, quien saca la figurita debe invitar los tamales del 2 de febrero, Día de la Candelaria, fecha que enmarca el fin de las celebraciones navideñas.

Para los mexicanos, la rosca debe acompañarse con un buen champurrado caliente o chocolate con leche. Todavía recuerdo cuando era chiquita y mi mamá preparaba vastas jarras de ese atole, además compraba una enorme rosca de reyes para saciar a sus nueve hijos y a la población flotante que gravitaba en nuestra casa. Del gigantesco pan salía un muñequito y, obviamente, sólo uno de nosotros tenía que caerse con los tamales el próximo mes. En cambio ahora, las roscas vienen repletas de «niños dios», en el mejor de los casos, o de un nacimiento completo, incluidos reyes, borregos, gallinas y hasta pequeños pesebres de plástico, lo que me hace pensar que, como no quedó pelón sin su muñequito, dentro de un mes nos reuniremos otra vez todos y compartiremos los gastos de la tamaliza.

Y me pregunto por qué las panaderías se empeñan en seguir decorando las roscas con elásticos cortes de fruta cristalizada o rebozada en azúcar si prácticamente nadie se las come. No hay casa mexicana en donde no queden ni moronas de pan, pero en la que, irremediablemente, esas plasticosas tiras verdes y rojas se vayan a la basura. Por otra parte, debo confesar que esa creciente tendencia a prepararlas con nuevos ingredientes —rellenas de queso o chocolate, con fresas o crema batida— tampoco acaba de gustarme; la verdad es que no hay como la típica rosca de reyes que se deja fermentar pacientemente con agua de azahar.

Precisamente es ése el tipo de rosca que comí este año, aunque en realidad podría haberla degustado desde el anterior, dada la estrategia mercantil de los comercios, que tienden a adelantar la venta de los artículos representativos de cada festividad: podemos comprar pan de muerto a finales de septiembre, escarcha y «santacloses» en octubre y roscas de reyes ¡desde diciembre!

Algarabía nos comparte una receta para que te animes a preparar tu propia rosca de reyes.

Ingredientes

  • 600 gramos de harina
  • 200 gramos de mantequilla o margarina
  • 150 gramos de azúcar
  • 7 yemas de huevo
  • 3 huevos completos
  • 2 cucharadas de agua de azahar
  • 1/2 cucharadita de sal
  • 25 gramos de levadura fresca o húmeda
  • 1 huevo para barnizar
  • Azúcar para decorar
  • Fruta cristalizada: acitrón, higos, naranjas o tiras de ate
  • 1 muñeco

Preparación:

Diluir la levadura y dos cucharadas de harina en medio vaso de agua tibia para hacer la base del fermento.

Colocar el recipiente en un sitio cálido y esperar a que la mezcla duplique su volumen, lo cual indica que la levadura está trabajando. Percibirá un olor amargo, lo que es absolutamente normal.

Formar un círculo con la harina y en el centro coloque el azúcar, las yemas y los 3 huevos completos, la mantequilla, el agua de azahar, la sal, además de la base de fermento, que ya debió duplicar su volumen.

Amasar la mezcla por varios minutos, una y otra vez, hasta que esté lisa, brillante y deje de pegarse en la superficie. Evite caer en la tentación de echar más harina para mejorar la consistencia, no es necesario.

Nuevamente dejar reposar la masa y esperar a que la levadura haga lo suyo. Para ello, hay que colocarla en un recipiente ligeramente engrasado, cubrirla con un trapo limpio y dejarla en un lugar cálido hasta que obtenga el doble de su tamaño.

Entonces, volver a amasar, dar forma de rosca sobre una charola para hornear e introducir el muñeco.

Dejar reposar la charola en un sitio caliente. Cuando aumente de tamaño —otra vez el doble— barnizar con huevo batido y adornar con fruta seca y montoncitos de azúcar. Hornear durante 20 minutos en una charola amplia, porque hay que prevenir que el pan crecerá dentro del horno.

algarabia3

[1] Edgar Royston Pike, Diccionario de religiones, México: Fondo de Cultura Económica, 1960.

[2] Acordémonos de las fiestas saturnales de los romanos.

[3] El pan ácimo, ázimo o matzah es un pan sin levadura ni ingredientes fermentativos, lo que lo hace ser plano y duro, como una galleta apelmazada. Por varios años, las civilizaciones consumieron este pan hasta que los egipcios, accidentalmente, descubrieron la fermentación, que otorga al pan la cualidad de porosidad y lo hace ser esponjoso, además de que las enzimas de la levadura le aportan mayores nutrientes.

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