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Foto: www.freefoodphotos.com

El papel de los alimentos en la Biblia

Por Mayra Zepeda

Si leemos con detenimiento el Libro de libros nos daremos cuenta de que el cisma original entre el hombre y su creador se debió al apetito adámico por el fruto de cierto árbol que el dedo divino había señalado como «de uso exclusivo de la autoridad».

A partir de ese momento, las historias de fe, grandeza y rendición espiritual del Antiguo Testamento distinguen claramente entre los alimentos que honran los designios del Señor y aquellos cuya ingestión conduce a la condena del alma. Más tarde, Jesús y San Pablo descargarían a su grey de la estricta disciplina kosher y les heredarían diversos usos gastronómicos. Ambas caras de la moneda, la prohibición y la tradición, son el objeto de este texto.

Gran parte de las religiones están relacionadas —en especial las monoteístas, que tienen una raíz común—, pero, a diferencia del cristianismo, casi todas siguen al pie de la letra un código en el que los alimentos son divididos en puros e impuros, prohibidos y no prohibidos. El hinduismo y el budismo, por ejemplo, prohíben comer carne porque supone el sacrificio de un ser vivo, por lo que se acogen al vegetarianismo como una manera de vivir. El judaísmo y el islamismo obligan a seguir un ritual estricto a la hora de sacrificar a los animales y, en su dieta, ambos prohíben el consumo de carne de cerdo; en la segunda religión, también es censurado el alcohol.

El cristianismo, en cambio, a través del Nuevo Testamento, determina que no existen carnes impuras y que «todo es puro para los puros», según el texto bíblico, e ingerir o no un alimento sólo acontece en fechas específicas, a manera de penitencia o de dádiva a la figura de Cristo y su Dios padre.

La manzana de la discordia

Para el judaísmo, la no ingestión de puerco, liebre o conejo se justifica porque «tienen pezuñas no hendidas, por lo que no rumian», argumento de débil justificación, ya que, siguiendo los mismos parámetros, muchos otros animales deberían entrar en el grupo de bestias prohibidas. Estas leyes a menudo esconden una razón lógica: la interpretación más aceptada de esta prohibición es que el cerdo era transmisor de la triquinosis y sólo utilizando la palabra castigadora de Dios era posible alejar a la población hambrienta de las rosadas y enfermas carnes del tocino.

En el Antiguo Testamento, la alimentación fundamental era el pan. Ya Caín se dedicaba a cultivar los campos para preparar un pan hecho de trigo, avena o cebada. Por otro lado, si bien en el Antiguo Testamento Dios aboga por el consumo de vegetales —dependiendo, claro, del ciclo agrícola estacional—, fue tras el Diluvio y la consecuente desaparición de toda la vegetación de la Tierra cuando el hombre recibió el permiso divino para comer carne, aunque las antiguas escrituras son muy estrictas en cuanto a la ingestión de animales: están proscritas las aves de rapiña o carroñeras —cuervos, avestruces, gavilanes y garzas—; en cuanto a los marinos, son animales impuros aquellos privados de aletas y escamas —calamares, crustáceos, pulpos y delfines—, por no hablar de los animales que se arrastran por el suelo, seres abominables como la serpiente —personificación del mal y la gran culpable de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso— o cualquier otro reptil, rata y animal de compañía.

El cordero de Dios

Las carnes reinas en los tiempos en que Moisés alejó a su pueblo de la furia del faraón eran el cordero macho primal y el cabrito. Degollado el animal, su carne se consumía debidamente asada. Su sangre servía para verterse sobre el altar de Yahvé a modo de sacrificio o era utilizada para rociar los dos postes y el dintel de la casa en la que iban a celebrar el banquete.

No somos nadie para dudar del excelso sabor de una buena carne lentamente asada al fuego de leña—acompañada de pan y de verduras silvestres, cuyas sobras por ley debían ser inmoladas al día siguiente en hogueras especialmente preparadas para la ocasión—.

La poca imaginación mostrada por el Antiguo Testamento a la hora de cocinar el cordero o el cabrito tiene razones de peso: el agua solía sufrir procesos de putrefacción y tenía un sabor que hacía imposible su utilización en la preparación de un guiso; con agua de tan baja calidad, la bebida básica de los hebreos y el único líquido con el cual podían elaborar cocina de puchero era la leche de cabra o de oveja; para un hebreo, sin embargo, era pecado cocer la carne de cordero con la leche de su propia madre, lo que era entendido como un incesto sin paliativos —y que, a ojos de un ateo, se trataría de un incesto francamente pasteurizado.

Tomad y bebed todos de él…

Al contrario de lo que pudiéramos pensar con tanta leche de por medio, los fieles seguidores de las palabras de Yahvé eran unos expertos cultivadores de vid y, comedidamente, excelentes consumidores de vino. En la Biblia no es pecado beber si no es en exceso, y la tradición del vino fue adoptada por el Nuevo Testamento a tal punto que, durante el oficio de la misa, el capellán ofrece vino a los fieles como representación de la sangre de Cristo.

Por los evangelios hemos sabido que la dieta de Jesucristo era muy simple: frutas, vegetales, vino tinto, agua y pescado —algo lógico si pensamos que la mayoría de los apóstoles eran pescadores y el mar de Galilea abastecía de este alimento a los fieles—. No es extraño que Jesús logre el milagro de la multiplicación de panes y peces. Comprobada la humilde alimentación de Jesucristo, resulta lógico que uno de los pecados capitales sea el de la gula. El vicio del comer y del beber en exceso supone un caos, algo que va en contra de las doctrinas dictadas por Jesucristo, hombre de una austeridad vital a prueba de cruces.

Por su parte, San Pablo da libertad a los cristianos de celebrar lo que deseen en sábado, a diferencia del sabbath del Antiguo Testamento, día sagrado para los hebreos y en el que está prohibido encender el fuego para cocinar, una actividad considerada laboral. Sin poder hacerlo, los hebreos se vieron obligados a desarrollar un recetario para ser elaborado el viernes y consumido en frío el sábado[1]. El halah, pan del sábado, nunca falta en la mesa de un judío.

Cuando hay pa’ carne es vigilia

La ética alimentaria del Nuevo Testamento se ve reflejada en las celebraciones de los distintos credos cristianos. Así, la Cuaresma —una institución litúrgica en la que se recuerdan los 40 días que Jesús pasó en el desierto en oración y ayuno— de los coptos o los ortodoxos griegos es mucho más severa que la de los cristianos occidentales: aquéllos se abstienen de consumir cualquier producto que provenga de un animal —además de carne, huevos, quesos, mantequilla, leche y sus derivados—. En Grecia es típica la crema de sésamo; en Egipto, el faláfel; en Armenia, las espinacas con garbanzos; en Rusia, los panes dulces. Estas cuatro recetas, cuyos ingredientes son los vegetales, contrastan con el cerdo en salsa de soya, típico de los cristianos de influencia hispana de las Filipinas.

Algo parecido sucede con el rito del matrimonio. En el mundo cristiano, cuando se trata de celebrar el casamiento, los alimentos que se ofrecen a la pareja tienen, como objetivo, el deseo de una vida feliz siendo fieles, por supuesto, a la palabra de Cristo.

La tarta nupcial tiene un carácter simbólico que proviene de los tiempos de la antigua Roma. En el Imperio Romano, durante las nupcias celebradas entre patricios, los esposos comían un pedazo de galleta hecha con harina, agua y sal, que profetizaba el bienestar futuro, y el resto de la galleta se rompía en pedazos sobre la cabeza de la esposa, para que, acto seguido, los invitados se precipitaran sobre la novia con la intención de obtener uno de los pedazos y, con ello, asegurarse la abundancia en los años venideros.

Han pasados muchos siglos desde que Constantino adoptara el cristianismo como religión oficial, y el paso del tiempo le ha dado, más en la forma que en el contenido, un carácter distinto a las cosas, pero en toda boda que se precie existe un pastel al que hincarle el diente, una tarta que los esposos dividirán en porciones para que la saboreen los invitados, golosos de dicha.

Tomado del artículo «La cocina en la Biblia, austeridad en la carta», publicado en la revista Clío, núm. 63, España, enero 2007; pp. 37-45

[1]Por ejemplo, crema de garbanza con tortitas de chícharo. [N. del E.]