‘Sopear’ el café o el chocolate con una dona, galleta o bolillo no es nada extraño para nosotros. Pero en Francia, remojan el maroilles —un queso apestoso pero muy popular— en sus cafés matutinos. O al menos eso solían hacer.
En definitiva se trata de un gusto adquirido: las personas de otras regiones han rechazado esta especialidad local del norte, zona más relacionada con la clase trabajadora empleada en las minas de carbón que con la alta cocina por la que Francia es famosa. Y el hecho de que el queso tenga cierto eau du calcetines no ayuda mucho.
Pero a medida que los franceses —particularmente los parisinos— se están interesando cada vez más en las especialidades regionales, el queso maroilles está ganando terreno.
La cocina francesa trascendió por primera vez las fronteras durante la Segunda Guerra Mundial, gracias a que los soldados compartían recetas y aperitivos caseros entre sí. Pero fueron los millennials franceses quienes empezaron a interesarse por la comida “auténtica”. Los platillos regionales, ignorados durante años, se convirtieron en una opción tentadora para los comensales con paladares aventureros.











