Alimentar San Bernardos - Animal Gourmet
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Los chiles en nogada y la cocina del mes patrio

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Veinticinco años de mi vida tuve perros San Bernardo de pelo largo. El primero se llamaba Grifo, en alusión a la baba que el calor le producía, con el hocico como grifo de agua mal cerrado. Era extraordinariamente educado, mas no por escolaridad –que no tenía ninguna-, sino porque viajó por todo el país conmigo, a bordo de mi Safari. Jamás usó collar ni menos correa, pues no los necesitaba. Podía yo caminar dentro de un mercado, atestado de gente y de perros callejeros, y Grifo nunca se separaba de mí, andando tranquilamente a mi lado, aunque le ladraran con furia; su enorme tamaño hacía que ningún perro se atreviera a más.

Entraba a restoranes y se echaba discretamente junto a mí, sin levantarse (era asiduo de “La Pérgola” y del “Nasdrovia” en Jalapa, por citar un par de ejemplos de alto nivel). Mis amigos me invitaban a sus casas sabiendo de antemano que éramos dos los asistentes, a veces mejor portado el canino que el dueño. (Recuerdo un desaguisado de mi fiel amigo, cuando se metió a la fuente de la plaza principal de la ciudad de Oaxaca, un día de mucho calor. Un policía llegó a reclamarme, diciéndome que estaba prohibido bañar perros allí; yo le dije que nadie lo estaba bañando, que se había metido él solo y que le reclamara a él. Por supuesto que nos ordenó retirarnos de inmediato).

Entraba a restoranes y se echaba discretamente junto a mí, sin levantarse

Un cumpleaños de Toño Castellanos –escultor cuyo notable desempeño contrasta con su discreción-, Patricia van Rhijn le hizo una fiesta en su rancho de La Marquesa y como ella es cordon bleu de Francia, podemos imaginar la comida que sirvió. Grifo y yo llegamos al convite y departimos encantados con los demás invitados, husmeando por aquí y por allá (el perro). Entre jaiboles y tequilas, de pronto se me apareció, tranquilo como era, con el gran hocico cubierto de blanca crema chantilly. Había entrado a una habitación donde Patricia guardaba el pastel del cumpleañero y no había dejado absolutamente nada. Furiosa –con justa razón-, nos corrió de la fiesta. Como la amistad ya era antigua, ese tropiezo fue pasajero y seguimos conservándola.

Había entrado a una habitación donde Patricia guardaba el pastel del cumpleañero y no había dejado absolutamente nada

Grifo llegó a acampar hasta dos semanas conmigo y un grupo de amigos en Chachalacas, Veracruz, comiendo solamente la pulpa de los cocos que nos bebíamos con ginebra y los esqueletos y cabezas de las mojarras fritas que desayunábamos, comíamos y cenábamos. Tenía un pelo precioso porque su alimentación era muy variada: sólo comía sobras.

Grifo, ya mayor, y una pareja que le compré murieron envenenados con un raticida que pusieron en la casa unos expertos de la Secretaría de Salud, jurando que era inócuo para los perros. Otro San Bernardo se me perdió en una isla de la Laguna de Términos, en Campeche, durante una expedición en lancha. Otro más murió trágicamente cocido en las hipertermas de San Bartolo Agua Caliente, en Guanajuato, frente a Rigel, Dona, Verónica y yo, estupefactos. Otro murió de insolación después de dos días de navegar el río Tuxpan.

Descubrimos al responsable por las migajas en el hocico

Mi último San Bernardo fue Platón. Silvia hace para Navidad unas deliciosas galletas que cuelga del árbolito; así lo hizo una noche y a la mañana siguiente el pino amaneció sin una sola galleta, hasta 1.60 metros de altura. Silvia se restregaba los ojos con las manos, incrédula. No había esferas rotas ni tiradas, el pelo de ángel y demás adornos estaban en su lugar y el nacimiento intacto. Pero ni una galleta había. Descubrimos al responsable por las migajas en el hocico, aunque debe reconocérsele el cuidado y meticulosidad con los que se las comió.

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*Del libro: Confieso que he comido. De fondas, zaguanes, mercados y banquetas, Conaculta, 2011. (Apuntes autobiográficos gastronómicos)