Don’t play with food: con la comida no se juega
Animal Gourmet

Don’t play with food, les dicen los padres en Estados Unidos a sus niños. Pero no les hacen mucho caso. En el resto del mundo también se juega, y mucho, con la comida. Picaresca, fraudes, diversión, desconocimiento, espectáculo… Todo se funde y se confunde en el gran juego de los alimentos

Con la comida no se juega. Esta frase, que hemos oído hasta la saciedad, es una gran mentira. Con la comida se juega y mucho…

Juegos peligrosos

En lugares como Heart Attack, en Las Vegas lo de jugar con la comida se lo toman muy en serio. La promoción de la comida basura es total. Un sitio de hamburguesas y perritos al más puro estilo americano pero llevado al extremo. Algunos de los platos tienen curiosos nombres como cuádruple bypass, por cierto, con marca registrada. Una báscula a la entrada permite pesar a los clientes antes y después, si ganan mucho peso consiguen que su comida sea gratis. Si quieres ver el vídeo de cómo se prepara la hamburguesa estrella de este local: Heart Attack quadruple bypass burguer®

La fachada del Heart Attack, en la calle Freemont de Las vegas.

En Las Vegas no mienten ni disimulan: “Lo que te damos es malo, te va a matar, si lo consumes es bajo tu responsabilidad”. Esto es lo que se llama jugar con la comida en el primer mundo, en el mundo de primera clase. Más allá de la luz deslumbrante de los cocineros estrella, el debate sobre la seriedad de la comida es otro y suele girar en torno a lo más serio del asunto: ¿es lícito jugar con la esencia de los alimentos que son, al fin y al cabo, el núcleo duro de la gastronomía?

Jugar para acabar con el hambre

La esencia de los alimentos es el ADN, eso que los científicos modifican para conseguir que sean mejores, más resistentes, más productivos, más ricos en nutrientes pero también más bonitos, más grandes, más hermosos. Aunque no lo parezca, el fin último de esta modificación genética de los alimentos es lograr que todos podamos disfrutarlos e incrementar cosechas, cómo si no vamos a conseguir dar de comer a 7.000 millones de habitantes. Pero ¿lo logramos?

Según el último informe disponible de la FAO, no lo estamos haciendo muy bien. Más de 815 millones de personas pasan hambre. En 2017, la cifra de seres humanos que se acuestan por la noche sin haber ingerido la cantidad mínima de calorías en el mundo ha crecido por primera vez en 15 años. Entonces ¿para qué sirve producir cantidades ingentes de alimentos transgénicos si no se consigue el fin para el que se diseñaron? Este juego de científicos y multinacionales es uno de los mayores temas de debate del sector agroalimentario mundial.

Tirar comida, el juego favorito de los ricos

En medio de la multiplicación del interés de los medios por la gastronomía, ha aparecido un programa curioso. Didáctico y entretenido, se llama Dame Veneno. Lo emite #0 de Movistar. Lo presenta Chino Darín. Y no lo hace nada mal. El tercer programa lo dedica por completo al “Con la comida no se juega”. Los datos que aporta son terribles, a pesar de esos 815 millones de personas que pasan hambre, tiramos a la basura 1.300 millones de toneladas de comida. Un 40% por ciento de los alimentos que se producen no se consumen. Cada europeo tira a la basura 179 kilos de comida al año. Si nos centramos en España 7,7 millones de toneladas de comida acaban en la basura.

Cada europeo tira a la basura 179 kilos de comida al año.

Jugar a ser lo que no se es

Esas son las grandes cifras, las que nos hacen sonrojarnos. Pero hay otras que nos irritan aún más: aquellas en las que se juega con la salud, la economía y la confianza de las personas. El sector de la alimentación está cuajado de fraudes -aunque parezca increíble- algunos de ellos admitidos por las administraciones que parecen hacer la vista gorda. Unas veces  tienen que ver con el precio y otras diréctamente con la salubridad de los productos. Ahí están los casos del aceite de oliva virgen extra, del atún rojo de almadraba y del cerdo ibérico sobre los que ya hemos escrito.

El fraude afecta a productos de importación  que se ponen de moda como la carne de waygu y más concretamente con la de Kobe, del que también hemos escrito en GASTROactitud. En algunos locales se ofrecen hamburguesas de Kobe por 20 euros, teniendo en cuenta que el precio de esa carne, en España, oscila entre los 200 y 300 euros por kilo, hace muy difícil creer que ningún cocinero se dedique a picarla para hacer hamburguesas y “regalarla” a 20 euros.

Más allá de la picaresca

La picaresca, alcanza a otros productos como la trufa, (Equipo de Investigación de Sexta está preparando un programa),  el azafrán del que se acaba archivar un supuesto caso de estafa en Málaga, o los ajos chinos que se venden como si fueran los reputados ajos morados, de los que hablaba José Carlos Capel en su blog. Según Ángel Rojo, presidente de la Asociación de Productores de Azafrán de Teruel, se vende como nacional lo que no lo es: “España produce 100 toneladas y se venden unas 1.300 toneladas al año”. Las cuentas no salen. Las grandes envasadoras y distribuidoras mundiales, españolas las más potentes, ponen la bandera en cajas que no contienen azafrán español.

No todo el azafrán que nos venden es de origen español. En algunos casos ni siquiera es azafrán.

Rabo de toro, tomate Raf, azafrán

En el programa de la Cadena SER, Ser Consumidor, Toribio Anta, dueño de Casa Toribio, denunciaba el uso fraudulento de un producto que él conoce muy bien, el rabo de toro. Él tiene los derechos de compra de las carnes de lidia de la mayoría de plazas de toro de España. Y asegura que la mayoría del “rabo de toro” que se comercializa no es ni siquiera rabo de vaca, es carne de canguro.

Rabo de toro.

En el programa, presentado por Jesús Soria, se denuncian muchos otros casos de supuestos fraudes como el del pulpo gallego,que no es gallego, sino de Marruecos; o el tomate Raf que tampoco lo es. La temporada del Raf de Almería va de enero a marzo  y su precio no baja de los ocho euros el kilo (cada planta produce entre 4 y 6 kilos, en lugar de los 20 de otras variedades), sin embargo es habitual verlo en los estantes de los supermercados todo el año y a no más de tres o cuatro euros.  ¿De verdad que con la comida no se juega? Quizá ha llegado el momento de planteárselo en serio.

También los cocineros juegan

Estos juegos son más inofensivos, consisten en cambiar la textura o la apariencia de lo que comemos y durante unos años han estado muy de moda. Fueron uno de los grandes atractivos de la tecnococina, pero ahora ya no causan tanta sensación. Se abusó mucho y proliferaron las malas copias. Aún así no deja de ser divertido, ojo a este video. ¿Es un huevo o no?

Lo malo es que algunos juegan sin saberlo, ofreciendo burdas versiones de grandes cocinas o haciendo recetas inaceptables, sin sentido ni criterio, prostituyendo los productos que utilizan. Un ejemplo claro lo encontramos en el uso del aceite de trufa (falso en el 99% de los casos).

El juego de las etiquetas

La industria crea necesidades en los consumidores para después lanzar productos nuevos a través de llamativas campañas de publicidad. Incitar a los niños a comer bollería, refrescos, chucherías… no es un problema imputable a las empresas de alimentación, sino de los órganos de control que no cumplen su función. Han tardado años en legislar para poner freno. Lo mismo que en el caso de los productos, “con”, “sin”, “eco” “light”. Este es un juego serio, en el que todos estamos implicados. Los consumidores por dejadez y comodidad. Las administraciones por omisión de sus responsabilidades para con el ciudadano. Y las empresas porque la “responsabilidad corporativa” debería ser algo más que un epígrafe en un manual que se exhibe en las ruedas de prensa.