La Navidad mexicana: entre el bacalao y los romeritos
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La Navidad mexicana: entre el bacalao y los romeritos

Romeritos. // Foto: Kiwilimón.

Tanto los equinoccios como los solsticios fueron fechas de suma importancia para todas las culturas de la antigüedad: marcaban los periodos de lluvia y de sequía, por lo que había que rendir culto a los dioses para que el orden del cosmos no se interrumpiera y las cosechas llegaran a buen término.

En diciembre, nuestros antepasados indígenas conmemoraban las fiestas conocidas como Panquetzaliztli, en honor al Dios de la Guerra, Huitzilopochtli.

Por su parte, los primeros cristianos de la historia únicamente festejaban la Pascua de Resurrección. La Natividad de Cristo se empezó a conmemorar hasta que el emperador Constantino reconoció la religión de los cristianos en el año 313. Esta celebración coincidió con las fechas en que se realizaban las fiestas del Dios Saturno o Dios de la agricultura y con el solsticio de invierno -época de más oscuridad- para solicitar que este periodo concluyera de manera normal, regresara la luz y con ella el ciclo de fertilidad a tiempo.

Así, con la llegada de los primeros evangelizadores franciscanos en 1524 se inició la conquista espiritual de México. Tenemos noticias de que ya para 1528 el gran evangelizador fray Pedro de Gante -aprovechando los festejos aztecas al Dios de la Guerra, deidad relacionada con el Sol, y el talento de los indígenas para el canto, la danza y el teatro, actividades sumamente cultivadas entre los mexicanos- conformó un coro para entonar el 25 de diciembre de ese año el himno “Ha nacido el redentor”.

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Motolinía habla con admiración de lo desarrolladas que eran estas manifestaciones artísticas en el México prehispánico. Posteriormente se realizaron representaciones más sofisticadas. Para 1530, Fray Juan de Zumárraga montó un auto sacramental, una especie de representación teatral, con el título de “Farsa de la Natividad Gozosa de Nuestro Salvador”.

Poco a poco las fiestas de Natividad de Cristo fueron ganando terreno a las del Dios de la Guerra, los franciscanos jugaron un papel fundamental para ello. Esta orden religiosa promovía el montaje de los Nacimientos o Belenes, como se les llama en España, o pesebres, como los llaman en algunos países de América del Sur.

Según la tradición, San Francisco de Asis montó el primer nacimiento en Greccio, Italia, en la navidad de 1223 con personas y animales, mientras él predicaba sobre la Natividad.

Para el siglo XV, en Nápoles ya se hacían imágenes para los nacimientos en madera o cerámica. En los colegios franciscanos de México se empezaron a elaborar figuras en arcilla y madera. A los primeros nacimientos mexicanos se les añadió una flor de color rojo intenso, la Cuetlaxóchitl, flor que para los antiguos mexicanos simbolizaba la sangre de los guerreros sacrificados y que ayudaba a vencer las tinieblas. Esta flor adoptaría el nombre de Nochebuena, convirtiéndose poco a poco en emblema de la Navidad en el mundo cristiano.

En el siglo XIX, el primer embajador de Estados Unidos en México, Joel Poinsett, llevó la flor a Estados Unidos, convirtiéndose, también, en un símbolo de la Navidad de ese país.

Para conmemorar la Pascua de Natividad, tanto en los conventos como en las casas se consumían platillos de vigilia -periodo de preparación para una festividad religiosa-, por lo que se acostumbraba ayunar y que los platos no incluyeran carnes rojas.

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Las mujeres descendientes de españoles acostumbraban comer lo que les habían enseñado a cocinar sus antepasadas españolas con la ayuda de sus sirvientas, de ahí que en la vigilia se acostumbraran peces como la lisa, cocinado en escabeche, o alguna otra preparación de origen penínsular, platillos a los que poco a poco se les integraron picante o ingredientes originarios de estas tierras.

Nuestros antepasados indígenas se preparaban también con ayunos y platillos elaborados a base de vegetales o de pescados como los metlapiques, considerados alimentos de temperamento frío porque en época de guardar ayuno no se acostumbraban alimentos de humor caliente como las carnes rojas.

Desde inicios del festejo de la Natividad en Europa se acostumbraba hacer una comida el día 25 de diciembre, banquete que sustituyó la gran comida de las saturnales que además empataba perfectamente con el mensaje de igualdad que propagaba la doctrina cristiana, ya que los patricios romanos, como se les llamaba a los nobles por descender de los padres de la patria, acostumbraban sentar a su mesa a los esclavos. Con esa influencia, en México se empezó a llevar a cabo la comida de Navidad que en poco tiempo se convirtió en cena de Navidad, después de rezar el rosario y arrullar el día 24 en la noche al “Niño Jesús”.

En dos de nuestros platillos más tradicionales de Navidad, originarios de la zona centro del país, podemos apreciar la herencia española y la indígena: el bacalao, un platillo acostumbrado en el virreinato que, además de que se adecuaba a los hábitos alimenticios de la gente de origen español, se fue mezclando con los chiles güeros y con nuestro jitomate. Y los romeritos con mole, de formato muy indígena, ya que como lo menciona Fray Bernardino de Sahagún, los mollis eran salsas condimentadas con muchos ingredientes que poco a poco se mezclaron con los ingredientes que llegaron con los europeos y que en la actualidad los podemos ver en todas las mesas.

En muchos pueblos indígenas se acostumbraba montar un gran nacimiento fuera de la iglesia o en cada uno de los barrios, y ahí se llevaban a cabo fiestas comunitarias en las que una persona denominada mayordomo se hacía cargo de recibir la imagen del “Niño Jesús” de la Iglesia o del barrio, montar el nacimiento y el día 24 de diciembre llevar al “Niño Jesús” a misa.

Además, realizar una procesión acompañada de danzas evangelizadoras, como aquellas que surgieron en la zona levantina hacia el Siglo XII, después de que el Cid campeador, don Rodrigo Díaz del Vivar, reconquistó Aragón para los cristianos y surgieron estas danzas evangelizadoras de moros y cristianos, en las que siempre resultaban triunfantes los cristianos. Por supuesto, además de las danzas se entonaban villancicos, todo esto obra evangelizadora de los frailes, para finalizar acostando al niño en el Nacimiento comunitario.

Después de este gran acontecimiento venía la cena, preparada por la esposa del mayordomo y mujeres que la apoyaban. Los tamales eran los alimentos festivos como en la época prehispánica, cuando se elaboraban cada inicio de veintena para ofrecerlos a la deidad correspondiente. Nuestra cultura tenía un calendario lunar con 18 meses, cada uno de 20 días. Después, los tamales para el festejo de la Navidad ya se prepararon con manteca de cerdo para convertirlos en platillo cristiano.

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Hasta la fecha, este tipo de práctica comunitaria se sigue realizando en muchos pueblos de México o incluso en zonas de la ciudad de México como Xochimilco o Magdalena Contreras. Esta tradición de la mayordomía se relaciona con el mundo prehispánico y en las zonas indígenas en nuestro país el principal capital que puede tener una persona es su honorablidad; ser una persona respetada es más importante que contar con un capital económico, y este respeto se gana, entre otras cosas, por este tipo de cargos tradicionales, en donde se comparte con la comunidad lo que se tiene.

En el mundo urbano disfrutarás de una buena Navidad siempre y cuando tengas recursos económicos. En las comunidades indígenas la Navidad es para todos, para el que tiene recursos económicos y el que no los tiene.

Es en estas tradiciones donde podemos ver la grandeza de la comida mexicana, una comida ritual y  festiva con un sentido comunitario y que se erige como uno de los factores más ricos de nuestra gastronomía.