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En la alcoba de la emperatriz Carlota

Por Animal Gourmet

Comer, beber, amar… tres deseos, tres necesidades que nos nutren, dan placer, permiten gozar de lo sabroso de la vida y que han inspirado novelas y películas.

En la pantalla grande podemos recordar la magnífica obra dirigida por Ang Lee, que nos narra la vida de Chu, aquel viejo chef de Taipei que un día perdió el gusto por la comida, hasta que se casó con su concupiscente vecina. O bien a Julia Roberts, que después de comer las especialidades italianas hasta reventar, y de pasar por un paréntesis místico en India a ritmo de mantras y kirtans en el Ashram de una conocida maestra espiritual, termina sucumbiendo a la pasión erótica con Javier Bardem en un oasis rodeado de arrozales en Bali. Los revolcones eran tan frecuentes que los labios de su vagina resintieron el exceso, y tuvieron que darse un descanso…

[contextly_sidebar id=”b35ec2542040b88b4546ff2f497dfca1″]Al parecer, también entre los personajes de la historia los placeres carnales fueron intensos y encubiertos. Tal es el caso de Carlota, nuestra emperatriz fallida. Acabo de releer el texto de Francisco Martín Moreno que dedica a la pareja imperial en su libro Arrebatos carnales y en el nos dice: Alfred Van der Smissen era la única persona de toda la corte que gozaba del derecho de picaporte a las habitaciones de la emperatriz, siempre y cuando Maximiliano estuviera en Cuernavac. Él, Van der Smissen, resultó ser, con el paso del tiempo, el inseparable compañero de Carlota, el mismo con el que pasaba largas horas sentada en una barca mientras el soldado belga remaba en el lago de Chalco perdiéndose en las orillas para comer un refrigerio y beber una botella de vino tinto francés. A veces pasaban la tarde en el lago de Chapultepec, sin embargo, preferían retirarse a sitios deshabitados, apartados de los eternos curiosos o, tal vez, de los espías morbosos…”

A lo largo del capítulo de Maximiliano y Carlota nos enteramos de la desastrosa intimidad de los emperadores, marcada por las constantes infidelidades de Maxi, al parecer de gustos y apetencias bastante eclécticos, y la imposibilidad de engendrar entre los dos decendencia. Es por ello que el amasiato con su amigo compatriota, le ofrece a Carlota sus únicos momentos de intimidad y de experimentarse como una mujer deseada y querida.

La imagen de la pareja en medio de los lagos del valle de México y la botella de vino francés excitan mi imaginación gastronómica: pienso en el joven Alfred sobornando al mayordomo de los emperadores para obtener subrepticiamente algunas botellas de vino. Quizás de los Côtes du Rhône que trajo consigo el chef Bouleret y que vendió a la casa imperial en buen precio, pero que estaban rezagados en la cava del palacio, pues el Emperador prefería los de Champaña y de Burdeos.

¿El belga sería goloso? ¿Llevaría una cesta con viandas para compartirlas con la Emperatriz? Quizás sí. Y la llenaría con algunas salchichas Andouille de Vire que los chefs franceses preparaban para el General Bazaine, ahumándolas por tres semanas con viruta de mezquite. Seguro que los sabores rancios y penetrantes del fiambre de intestinos de cerdo evocarían los recuerdos de la comida sencilla y rural de su Flandes natal. Llevaría también algunos bolillos de corteza crujiente para acompañar la carne, que cortaría con su navaja en la que figuraba el emblema de la casa Real de Bélgica, para la que él trabajaba. Y también llevaría una pequeña Charlotte aux pommes elaborada con manzanas de Zacatlán y rodajas de chilindrina de bizcocho empapado en licor de Calvadós

Pero a pesar de las buenas intenciones del amigo, Carlota declinaría una y otra vez el convite, pues debía cuidar su apetito para compartir la merienda con sus Damas, que no le perdonarían rechazar las tostadas o las enchiladas de Lupe Gorozpe, o evitar el pan dulce con chocolate a la canela.

El lago de Chalco era uno de los lugares que Carlota frecuentaba en compañía de su amante. // Foto: Animal Gourmet.

El lago de Chalco era uno de los lugares que Carlota frecuentaba en compañía de su amante. // Foto: Animal Gourmet.

Así que ella se limitaba a beber vino y ver comer a su apuesto galán, que se daba un banquete goloso mientras le acariciaba la pierna por debajo de la falda. Seguro que la copa de vino y la brisa húmeda que le volaba el cabello suelto, le permitían a Carlota experimentar una libertad que la relajaba y le producía gozo…

Martín Moreno pone en labios de la Emperatriz el siguiente diálogo con su amante: “¿Acaso crees que no deseo amamantar al fruto de mi vientre y alimentar con mi cuerpo, con mis esencias, con mi amor y mi vida misma una larga y feliz existencia? ¿Qué se sentirá cuando tu crío te muerde los pezones en busca de leche…? ¿Voy a privarme de ese privilegio que la naturaleza obsequia a las de mi sexo, de la misma manera en que ya me he quedado sin marido, usted lo sabe, y muy pronto, me veré también sin imperio, en la nada, en la más absoluta nada…?”

¿Cómo no atender a una súplica tan genuina y tan fácil de satisfacer? ¿Se le puede negar un poco de placer, un poco de felicidad a una soberana próxima a la desgracia? ¿Y con media botella de Côtes du Rhône en la sangre?

Al parecer la Emperatriz vivió un final secreto de su película imperial. La imagen de la loca de Bouchot que nosotros conocemos, fue sólo una pantalla creada por ella misma para vivir aislada y sin paparazzis su maternidad escondida. Y que le permitió vivir el enorme placer de amamantar y alimentar a un hijo producto del amor. Comer, beber y amar, todo es volver a empezar.