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#CuriosaDeBaco El Malbec argentino: una historia de seducción

Por Mariana Toledano

Si se tratara de ubicar en la percepción del mundo a los verdaderos íconos que distinguen a la nación argentina, Maradona, Messi y Malbec serían sin duda entre los que más destacarían.

El Malbec es la cepa insignia de Argentina, y en sus suelos están sembradas las mayores superficies de Malbec que existen en el mundo, varietal originalmente francesa -en francés Côt-, de estilo tánico, y un muy intenso y característico color oscuro.

La uva Malbec se cultiva principalmente en dos regiones del vino en el mundo: en Mendoza en Argentina, y en Cahors en Francia. Los críticos aseguran características muy distintas entre una región y otra, pero para efectos informativos es una uva tinta que por lo general da lugar a vinos con mucho cuerpo y estructura, además de que por la gran cantidad de pigmento en la piel de esta varietal, los Malbec son vinos generalmente oscuros -una de las características que casi todos describen como muy particular y que destaca a la vista- y con una intensa fruta.

Volvamos entonces a Argentina como principal productor de Malbec del mundo, y donde decíamos hay hoy decenas de miles de hectáreas plantadas en el país a lo largo de la cordillera de Los Andes, desde Salta hasta la Patagonia.

Es un vino que los últimos 100 años se ha sofisticado enormemente en la zona y, no obstante la evidente historia de colonia que tuvo la vid en el sur del continente con descendientes europeos cultivando y mejorando la uva -además de un presidente que la promovió mucho hace unos 80 años-.

Hoy la realidad es que los argentinos saben hacer muy buen vino y la uva Malbec de la zona deriva en vinos tremendamente influenciados por aquél particular terroir (hay quienes dicen que sólo en Argentina nace tan buena Malbec). Y es Mendoza, la principal región vitivinícola argentina, zona árida al pie de los Andes, donde se concentra el 85% de los cultivos de Malbec.

Los aromas del Malbec recuerdan a cerezas, frutos del bosque, ciruelas, pasas, pimienta negra y en ocasiones hasta mermelada. En boca un buen Malbec argentino es cálido y suave y, como pronosticaría la enorme cantidad de consumo proteínico de Argentina, suele ser ideal para maridar con carne, al asador, mucha carne.

Alguna vez leí que la uva Malbec era como el sushi de supermercado, refiriéndose a un vino que cumple con propósitos de un público a granel sin un paladar exigente. Otra ocasión escuché que el Malbec es un vino de happy hour, un vino muy alcohólico y pobre en estructura.

Es cierto que el vino argentino tiene detractores y que el éxito y posicionamiento que está cobrando en el mundo no es un asunto de muchos años atrás. Hay que probar más, muchos más. La vida vitivinícola y estudio enológico en Argentina es potente, hay figuras que destacan en el mundo entero no sólo por los vinos que producen sino por la opinión que representan, y los vinos argentinos están siendo juzgados por grandes catadores, en muchísimas ocasiones, con excelentes resultados.

Y no somos los únicos que estamos hablando de Malbec argentino, es objeto de estudio mercadológico, de crítica, y los ires y venires de los vinos argentinos -particularmente el boom del Malbec- han llamado la atención. Por ejemplo, en el mercado americano, su principal consumidor afuera de Argentina, el Malbec argentino se ha posicionado de manera muy importante y aunque no en todas las cartas de vinos hay uno muy bueno, sí los hay en todos los establecimientos de compra al público.

Claros ejemplos de la promoción y triunfo de los vinos Malbec de Mendoza son el matrimonio del multipremiado Cheval Blanc, vino francés cuya añada los cuarentas ha sido calificada como la más fina en la historia, con la bodega argentina Terrazas en el año 1999 para hacer una mezcla fabulosa, el Cheval des Andes; o cuando el viñedo Catena hace lo mismo con Mouton Rothschild, para producir CaRo.

El ejercicio produce sonrisas, hay que comprarlos -los baratos y los no tanto-, probarlos, amistarse con ellos, son fieles al buen paladar.