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Los buenos modales de un asesino a la mesa...

Por Animal Gourmet

Todos conocen a Leonardo da Vinci el inventor, el magnífico escultor, el curioso naturalista o el excelso pintor. Sin embargo desconocen una de sus facetas más interesantes: la gastronomía. En este campo, como en los otros, Leonardo se ganó el reconocimiento y la incomprensión de sus contemporáneos por su estilo innovador. Esto no logró que el artista dejara de lado su pasión por el arte culinario sino que, por el contrario, se unieron en un punto.

Prueba de ello son los alimentos representados en La Última Cena, que fueron concebidos antes que la obra en sí, tal es el caso del puré de nabos con rodajas de anguila. Su gusto por este arte nació de la influencia de su padrastro Accatabriga di Piero del Vacca y fue cultivado en uno de sus tantos empleos como jefe de cocina de una taberna llamada “Los tres caracoles”.

El epítome de su carrera gastronómica, el Codex Romanoff, llega de mano de su mecenas Ludovico Sforza quien lo nombró “Jefe de maestros de festejos y celebraciones”. Dicho código es fruto de su creatividad y en él detalla platillos exóticos como Testículos de cordero con crema o Anchoa enrollada descansando sobre un nabo tallado a semejanza de una rana.

En dicho documento señala también los usos y costumbres correctas en la mesa propias de la época renacentista:

  • “No ha de poner trozos de su propia comida de aspecto desagradable o a medio masticar sobre el plato de sus vecinos sin antes preguntárselo”.
  • “No ha de hacer ruidos de bufidos ni se permitirá dar codazos”.
  • “No ha de enjugar su cuchillo en las vestiduras de su vecino de mesa”.

Si bien estas normas pecan de inocentes actualmente, había costumbres en aquél entonces que permitían ver la brutalidad y peligro que suponían los banquetes renacentistas:

  • “Tampoco ha de prender fuego a su compañero mientras permanezca en la mesa”.
  • “No ha de hacer insinuaciones impúdicas a los pajes de mi señor ni juguetear con sus cuerpos.
  • “No ha de golpear a los sirvientes (a menos que sea en defensa propia).”

Mención aparte merece el capítulo “De la manera correcta de sentar a un asesino a la mesa”, donde aclara que: “…si hay un asesinato planeado para la comida, entonces lo más decoroso es que el asesino tome asiento junto a aquél que será el objeto de su arte, pues de esta forma no interrumpirá tanto la conversación si la realización de este hecho se limita a una zona pequeña…”

Aquí nuestro genio italiano narra una inaudita serie de reglas que harán más fácil el quehacer del  criminal y, también, de la sana convivencia con ellos en la mesa (o en cualquier lado, no sea que por un triste malentendido pusieran fin a la existencia de algún comensal).

Incluso, se atreve a revolucionar las cortes europeas con un platillo ideado por él y al que llamaría más tarde “pan con sorpresa”: “se podría disponer toda suerte de cosas entre los panes: ubres, testículos, orejas, rabos, hígados. Los comensales no podrán observar el contenido al entrarle con sus cuchillos”. Curiosamente, no será él quien haya inventado el primer sándwich, sino los judíos allá por el siglo I aC.

¿De qué se ríe la Mona Lisa?

Si a estas alturas, querido lector, ya estás por ‘googlear’ Codex Romanoff, de una vez te avisó que el documento es falso, fue una broma.

Si bien resulta divertido pensar en los modales que un asesino renacentista, a la usanza de Ezio Auditore (personaje que algunos reconocerán), no está de más explicar que las famosas notas de cocina de Leonardo da Vinci “compiladas” en un libro no son verídicas. Los autores del título, Shelagh y Jonathan Rought lo escribieron con la única intención de divertir a los lectores como aquí lo explica este texto de José Carlos Capel.

De hecho, y como señala Capel, el libro fue presentado el 1 de abril, el famoso “April’s Fool”, fecha en la que los países de habla inglesa gastan bromas, igual que nosotros el 28 de diciembre.

Sí, Leonardo era amante de la cocina y fue, en algún momento, el orgulloso dueño de una taberna en Florencia junto con su colega Sandro Boticelli. Eso sí, nunca inventó el tenedor, ni el sacacorchos para zurdos. Quizá en una de esas ni era vegetariano, para desconcierto de quienes respetan la vida de los animales.

Sin embargo no cuesta nada pensar que Leonardo da Vinci aportó a la humanidad algo más que legendarias pinturas y novedosos artefactos, sin demeritarlos por supuesto. Podemos, quizá, pensar que en realidad todo es verdad con la ventaja que da saber que nadie, ni siquiera los registros, lo pueden constatar.